mientras otras ranas saltaban de un camalote a otro, dibujando patrones que más tenían de lógica pura que de azar, una rana en particular esperaba pacientemente que se acercara su presa, se relamía con el zumbido, esperaba, con esa actitud entre contemplativa y desfachatada que compartía con su especie y fue tan rápido que se podría decir que fue la sombra, no, el espectro de un hipopótamo el que había saltado con eficacia, destreza y agilidad dignas de un acróbata chino más que de un mamífero de cuatro toneladas
pero no había sido ninguna sombra, ningún espectro.
un hipopótamo, con la belleza de un girasol y la fuerza de una locomotora, saltó
(sólo un ignorante podría decir que fue un salto al vacío o un suicidio,
o preguntarse por qué se ahogaría un caballo de río en un pantano)
y se hundió bien hasta el fondo, llevándose consigo a la rana,
víctima del sacrificio
que a la manera de rayos de luz que entran por una persiana apenas, apenas abierta y dan vida a las nobles partículas de polvo renovó completamente el significado de la poesía