viernes, 7 de septiembre de 2007

el empleado público contra los demonios de su estómago

desenfundó la espada con diligencia
y miró el ejército de bestias que debía enfrentar
solo
y miró el ejércuto burocráticamente,
la mirada calma y segura de un hombre que sabe exactamente
lo que tiene que hacer y lo hará,
sabiendo que perderá sangre y miembros
en el proceso pero sabiendo también
que los miembros le volverán a crecer y que
con la sangre derramada se dará un baño purificador;

tras vencer,
solo, con su espada forjada no sólo de metal y hierro
sino también de voluntad, pulida por maestros japoneses con
la precisión de federer y las más finas piedras optimistas,
hasta al último de los veintiun mil quinientos treinta y tres
enanos malditos en salir de su estómago